GUÍA SOBRE DUELO INFANTIL

DUELO INFANTIL: EL NIÑO Y LA MUERTE

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El duelo infantil es una realidad que debe enfrentarse. Ningún niño es demasiado pequeño para darse cuenta de cuándo una persona importante ya no está allí.

Los adultos a menudo tratamos de proteger al niño contra el dolor evitando hablar de lo sucedido. Además, los niños suelen estar excluidos en la expresión de sus sentimientos (se les deja solos o se les evita toda expresión del dolor). Cuando los niños sufren una pérdida, comúnmente se les ofrece un sustituto (algo que sustituye al objeto perdido), negándoles así la posibilidad de apreciar los beneficios que obtenían del objeto perdido y de la expresión, vivencia o afrontamiento de su dolor. El “sustituto”, ya no como amortiguador de su pena y dolor, se convierte en un distractor de la realidad que ha observado, pretendiendo evitar así, cualquier dolor. Cuando los niños preguntan sobre la muerte, no se les suele ofrecer respuestas sencillas y sinceras mediante comprensión y cariño como cuando preguntan sobre otros aspectos habituales,  en lugar de esto, los adultos suelen sentir aprensión, es decir, se preocupan indebidamente y se les olvida que en la vida cotidiana, los niños pasan por bastantes situaciones en las que experimentan sensación de pérdida con diversos grados de aflicción; por ejemplo, la muerte de una mascota.

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Por otra parte, cuando se produce una muerte en la familia se presenta un fenómeno muy común: aquel en el cual los niños son extraídos del entorno familiar inmediato (se les lleva a otra parte para que no presencien el dolor y no se angustien) mientras que los adultos se dedican a sufrir su propia pena prescindiendo de consolarlos.

La forma en que el niño se adapta a la pérdida de algún objeto real o imaginario depende de muchos factores:

  1. La edad del niño en el momento de la pérdida;
  2. Características del objeto perdido: si se trata del padre, de la madre, del hermano, de la mascota, del juguete, etc.;
  3. Relación particular del niño con el objeto perdido (grado de apego o familiaridad con lo perdido);
  4. Las características de la pérdida (repentina, lenta o violenta);
  5. Sensibilidad y ayuda de los miembros supervivientes de la familia ante sus sentimientos y necesidades emocionales;
  6. Su propia experiencia de pérdidas anteriores;
  7. Su herencia familiar, enseñanza religiosa y cultural;
  8. Actitud que ha adquirido (aprendido) a través de la observación de la reacción de sus padres, otros adultos y compañeros ante la muerte de otros.